jueves, 10 de febrero de 2011

Flamígera

Creeme si te digo que ésto es como tratar de no pasarte de la raya cuando estás pintando un mandala. Es más o menos así la vida, siempre al borde. Jugamos y tropezamos con millones de escalones, y uno a veces está cansado de las colinas. Quiere playa. Y río que va, fluye, olas del mar acarrean el alma, para que en plenitud pueda ser, llorosa de esa pena perdida en cuerdas de guitarra oxidadas.
Hambre, pero la dieta regresó. Cruzá rápido porque no volvés, entendido? Sí, podés colisionar. Ja, ja. A todos nos pasa, existimos, ¿qué le vamos a hacer? ¿Matarse? No! Jugá, es divertido. Ves muchas cosas, pero eso sí, reflexioná, pensá, no olvides.
Describime el cielo, con unas notas de tu violín demacrado de tanto galopar en el área cóncava de tu sonrisa y el sin-sentido cobra valor cuando se lo compone con melodías sacadas de la cabeza, a velocidad casi demoníaca, parezco poseída por tu ausencia, compañero fiel me estás dejando hacer catarsis en el medio de la laguna sin nombre, ¿te acordás de la vía láctea? Se podía ver...
Humos en transparencia de mi presencia agotada ya devuelta en sí, estalla.
Sonata de presagios de ideas de mantenerme quizá siempre acá, en este preciso momento, de noche, escuchando música y escribiendo, con todo lo jodidamente que éso implica. Destrozos al papel que se niegue a ser manchado por siempre, con una huella que ha de seguir mientras se la cuide, y no hablo de regarla, sino de abrazarla. A la huella, sí, ja, ja, otra vez.
Desperdiciando el tiempo canalizando libertades encerradas en una estúpida balanza de ensueños perdidos en la guita de oro y bronce que vende tu risa, al escucharse en el viento de solitarias emociones que se desquitan al pasar la roja sangre que por sus mejillas derrama, como si fuese agua de lluvia que al caer en un pozo ciego se pierde en la oscuridad del final invisible, destilando tu saliva que en el beso se funde con el amor esperando, mientras flamea, cuando pasás a su lado.

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