El espacio encontrado en el tiempo perdido
(alabando a lo atemporal), fuera del alcance de toda realidad, es una sola, la
nuestra. Compartida con la confianza plena, entregándose al mundo abierto del
elíxir vital, la energía en ojos cuyas pupilas superan espectros universales.
Tic toc tac tac, nada más que el presente existe.
Se desdibujan los contornos, todo se mueve,
arriba, abajo, profundo, éxtasis. La palabra, el sentimiento, el animarse y
avanzar, entregarse a lo no superficial, tocando un fondo infinito, volando en
lo que se denomina paralelo al presente como puede ser una sonrisa en la
sangre.
Existe entonces el ahora, el vos y yo y la
música, y la locura, la psicodelia de un touché a contra-reloj. Ritmos,
colores, dibujos imaginarios reales sólo para quién forma parte del rincón propio,
escondido dónde uno menos lo esperaba, sonidos (muchos) melodiosos, llenando el
alma, el cuerpo, la mente, la existencia, la bienaventuranza de los dos caminos
que se cruzaron con motivos que se descubren en cada caricia. Cada despertar,
un cielo fluorescente en fugaces constelaciones, aunque perdidos, se cae en ser
uno con el otro, no queda otra, y es imposible decir que no.
Si nos permitiésemos andar, si todos
pudiésemos entender que nada está establecido, que no existen normas para la
vida, que colocando un pie delante del otro estamos más cerca de formar y
cumplir sueños, deseos. Si nos adentráramos en el ideal y forma pura para los
cuales existimos y somos, si al sentir e imaginar y dejarse llevar le diéramos
alas (al mismo tiempo en el que nos atáramos a ellos para sobrevolar – porque
ya sabemos elevarnos - ), la sinfonía estaría completa de mucho puesto en cada
uno, seríamos un nosotros, los límites pasarían a otra dimensión: la falsa, la
no necesaria para el crecer. Se trata de amor, que resume la existencia y
armonía de todo aquello que se dispone en la infinitud, fusionándonos con el inhalar
interminable de lo que se necesita para armonizarse con uno mismo.
El placer de estar vivos, a propia forma y
manera, y el qué dirán no existe porque no está permitido; no dejarlo entrar,
como al igual lo que nos congela, hiela, enfurece y mete miedo, lo que nos
pudre.
Vos y yo, lo único que podemos entender
siguiendo al río, sumergiéndonos en el sentir y conocer, descubrir que somos
eternos (y no se trata del tiempo de vida, sino de la capacidad de aprender).
Navegamos con los pies firmes sobre dónde nacimos, escapando de manera literal
y perfecta porque lo que se ve a simple vista es inservible, es la profundidad
de entregarse al placer sensorial que captan los sentidos no físicos inmersos
dentro de cada ser lo que se necesita para verse aún cuando de luz se carece.
Se siente, se comparte, vivir es una música
exacta para cada momento del que se forma parte.
Pretendamos que el llegar lejos es absurdo, y
que lo que importa, tanto como una mirada y el sentir de los latidos, es
respirar bienestar y libertad. Nada ni nadie puede quitártelos ni privarte de
ser quién deseás ser, porque en un grito al unísono lo que desaparece así se
desvanece, porque debía de ser de esta forma, y no de otra. Sucede porque debe
suceder, el motivo de ser (y lo que también una vez fue) puede carecer de todas
explicaciones: lo que nos llena es indescriptible, anónimo en caracterizaciones,
son moléculas de felicidad posible, metabolismo del experimentar, contactos con
una esencia nueva. El miedo a caer y al fracaso nunca dejarán de existir, pero
se trata solamente de entender que las posibilidades son eternas, que cada cosa
puede dirigirse hacia dónde sea, y así habrá entonces que dejarlas ser, si es
que tu movimiento no pudo producir que el viento gire en otra dirección.
Siempre, entonces, vamos a merecer el paraíso.
Más aún sabiendo que se puede estar en él.