Lejos la letardía de tratar con el espíritu opaco de un sueño que no se deja ver. En la penumbra de la historia sin miedo, hombre en llamas sin nombre, perdida en el abismal resorte de porquería que no se detiene en su caída para ir cada vez más alto.
Oscuro atardecer de una clara noche en cenizas de un ave fénix que renacerá con el deseo de no volar más en el aire pútreo de una ciudad tan castigada de gente vacía, sin previo adormecer o nacer, da igual, total son máquinas, uno, dos, tres, ritmo.
Cuerda ahorcando el cuello de diez centímetros de diámetro, como mi minúscula cintura, ahorcando nada, como mi estómago.
Gritos, aullidos, sentimientos, una ironía dando vueltas, esperando algo que no es de esperar. Médicos, psicoterapeutas. Música, escritura. Papá. Camilo. ¿Qué pasa?
Queridos míos, el que no apuesta a la vida no le queda otra que darse unas vueltas por esa ruleta roja y negra, girando, girando, con freno asegurado de la finitud imperceptible, pero llegada al fin, de los días oscuros, supremos alaridos a la penumbra de tu interior tan deseado de conocer, volvé ya, vuelvan ya, velen por la eternidad de las palabras dichas a los abrazos.
Rojiza pradera de rosas con espinas que emanan más sangre que sudor. Claridad en tijeras sin filo para papeles abollados, vaya lógica voy encontrando a esta manera del deslizar de la pluma querida, mejor llamada birome. Y qué carajo tiene que ver con las rosas.
Dos llaves olvidadas de tanto cumplir su tarea sin candado se quedaron, sobreposando en un escritorio de madera y cuero verde, como la alfombra, como las paredes, como de seguramente debe ser mi alma. Me acabo de dar cuenta que mi habitación es un árbol. Hay madera por doquier y verde por doquier. Y acá se puede ver la luna, hermosa como siempre. Belleza y brillo perfecto, justo. Blanco. En tu menguante fase.
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