viernes, 23 de diciembre de 2011

Senderos en el aire.


El espacio encontrado en el tiempo perdido (alabando a lo atemporal), fuera del alcance de toda realidad, es una sola, la nuestra. Compartida con la confianza plena, entregándose al mundo abierto del elíxir vital, la energía en ojos cuyas pupilas superan espectros universales. Tic toc tac tac, nada más que el presente existe.
Se desdibujan los contornos, todo se mueve, arriba, abajo, profundo, éxtasis. La palabra, el sentimiento, el animarse y avanzar, entregarse a lo no superficial, tocando un fondo infinito, volando en lo que se denomina paralelo al presente como puede ser una sonrisa en la sangre.
Existe entonces el ahora, el vos y yo y la música, y la locura, la psicodelia de un touché a contra-reloj. Ritmos, colores, dibujos imaginarios reales sólo para quién forma parte del rincón propio, escondido dónde uno menos lo esperaba, sonidos (muchos) melodiosos, llenando el alma, el cuerpo, la mente, la existencia, la bienaventuranza de los dos caminos que se cruzaron con motivos que se descubren en cada caricia. Cada despertar, un cielo fluorescente en fugaces constelaciones, aunque perdidos, se cae en ser uno con el otro, no queda otra, y es imposible decir que no.
Si nos permitiésemos andar, si todos pudiésemos entender que nada está establecido, que no existen normas para la vida, que colocando un pie delante del otro estamos más cerca de formar y cumplir sueños, deseos. Si nos adentráramos en el ideal y forma pura para los cuales existimos y somos, si al sentir e imaginar y dejarse llevar le diéramos alas (al mismo tiempo en el que nos atáramos a ellos para sobrevolar – porque ya sabemos elevarnos - ), la sinfonía estaría completa de mucho puesto en cada uno, seríamos un nosotros, los límites pasarían a otra dimensión: la falsa, la no necesaria para el crecer. Se trata de amor, que resume la existencia y armonía de todo aquello que se dispone en la infinitud, fusionándonos con el inhalar interminable de lo que se necesita para armonizarse con uno mismo.
El placer de estar vivos, a propia forma y manera, y el qué dirán no existe porque no está permitido; no dejarlo entrar, como al igual lo que nos congela, hiela, enfurece y mete miedo, lo que nos pudre.
Vos y yo, lo único que podemos entender siguiendo al río, sumergiéndonos en el sentir y conocer, descubrir que somos eternos (y no se trata del tiempo de vida, sino de la capacidad de aprender). Navegamos con los pies firmes sobre dónde nacimos, escapando de manera literal y perfecta porque lo que se ve a simple vista es inservible, es la profundidad de entregarse al placer sensorial que captan los sentidos no físicos inmersos dentro de cada ser lo que se necesita para verse aún cuando de luz se carece.
Se siente, se comparte, vivir es una música exacta para cada momento del que se forma parte.
Pretendamos que el llegar lejos es absurdo, y que lo que importa, tanto como una mirada y el sentir de los latidos, es respirar bienestar y libertad. Nada ni nadie puede quitártelos ni privarte de ser quién deseás ser, porque en un grito al unísono lo que desaparece así se desvanece, porque debía de ser de esta forma, y no de otra. Sucede porque debe suceder, el motivo de ser (y lo que también una vez fue) puede carecer de todas explicaciones: lo que nos llena es indescriptible, anónimo en caracterizaciones, son moléculas de felicidad posible, metabolismo del experimentar, contactos con una esencia nueva. El miedo a caer y al fracaso nunca dejarán de existir, pero se trata solamente de entender que las posibilidades son eternas, que cada cosa puede dirigirse hacia dónde sea, y así habrá entonces que dejarlas ser, si es que tu movimiento no pudo producir que el viento gire en otra dirección.

Siempre, entonces, vamos a merecer el paraíso. Más aún sabiendo que se puede estar en él.


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